Hola a todos,
En primer lugar, me gustaría agradeceros vuestras críticas y opiniones que tanto me han animado a continuar con este proyecto. Vuestra sola presencia es un aliciente más en este mundo de la literatura.
Debo informaros de que ya no se publicarán más capítulos de La Sombra del Lobo. ¿Motivos? Tengo planeado entrar en el mundo editorial con esta obra y, de seguir publicándola aquí, no podría hacerlo en ningún otro formato. Es una decisión que he estado barajando desde que abrí el blog y vi la buena aceptación que tenía (unas cien visitas semanales, aproximadamente); pero estos últimos días han sido cruciales para decidirme totalmente.
El blog no se va a cerrar: publicaré esporádicamente, y no con la misma frecuencia, relatos cortos que compondrán el trasfondo del mundo de "La Sombra del Lobo". Tampoco he dejado de escribir; he ultimado la estructura del libro (se compondrá de tres partes, cada una con su correspondiente preludio y epílogo) y la primera parte (el Libro I, si lo preferís) ya está acabado. Son un total de 15 capítulos (ocho de los cuales ya habéis leído aquí, aunque serán editados en lo sucesivo en pos de la corrección de errores). Iré informando del progreso general de manera mensual.
Gracias de nuevo a todos.
Un saludo,
Antonio.
sábado, 6 de agosto de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
Capítulo VII: En las garras del enemigo
- Tienes mejor la pierna. Está menos hinchada. - Ya casi no me duele. –dijo en respuesta Venris, mientras tragaba el insípido puré de lentejas.
- Me alegro.
Una semana después del extraño juicio con los silvanos, Venris continuaba en su celda, aunque se encontraba todo lo cómodo que puede estar un prisionero de guerra. La comida era mala, la celda era insalubre y las heridas le seguían mortificando, en especial la mano fantasma. “Al menos la compañía no es tan mala”, se dijo.
Al día siguiente de hablar con Magiomaros en la celda, Venris había conseguido hablar con Carry, que continuaba yendo a curar sus heridas día tras día. Cuando le preguntó por qué no le había hablado hasta entonces, ella se limitó a responder: “Lo tenía prohibido”. Venris no hizo más preguntas acerca del tema. Aunque sí le hacía otras muchas preguntas.
- ¿Cuánto tiempo lleváis viviendo aquí? –dijo mientras la muchacha le vendaba la pierna.
- Desde siempre. Mi pueblo siempre ha habitado en estos bosques…
- ¿Pero cuántos años tiene tu pueblo?
- Muchos.
Había aprendido que cuando la muchacha usaba respuestas escuetas no obtendría ninguna información más de ese tema. Seguramente su padre la había puesto sobre aviso; al fin y al cabo, el chico era el enemigo, y había que tener cuidado con lo que se le decía. Pero Venris insistía.
- ¿Por qué estaban tan enfadados conmigo esos viejos? –preguntó con el ceño fruncido, cuando ella se hubo sentado a su lado, como todas las mañanas-. Sé que somos enemigos, pero también tu pueblo ha matado a muchos de mis compañeros…
- Los silvanos y los hombres de hierro han sido enemigos desde siempre. Los Guardianes cuidan de nosotros, y nos protegen en nombre de los dioses.
- ¿Y por eso casi me hacen besar los pies de esas estatuas? –preguntó el muchacho con el ceño fruncido.
- Son nuestros dioses. No puedes insultarles.
- Y no lo hago…
- Sí. Los Guardianes dicen que los hombres de hierro insultan a los dioses sólo con su existencia. Ellos son los Creadores de todo y de todos, pero debemos respetar sus otras creaciones. Los árboles, los animales, las montañas… todo.
Venris suspiró. Odiaba hablar de dioses y de creencias… Nunca había sido demasiado creyente de ningún dios, ya fuera del Dios Gris, de los dioses paganos o de aquellos extraños dioses silvanos.
- ¿Qué vais a hacer conmigo? –le preguntaba Venris todos los días.
- Aún no lo sé. –respondía, como siempre, Carry, algo abatida.
Los días pasaban uno tras otro. Venris los diferenciaba por las atenciones que recibía: cuando Carry entraba en su celda, cargada con trapos y ungüentos, era por la mañana; más tarde recibía una comida, lo que quería decir que ya era por la tarde. Después otra comida, la cena, que solía ser una sopa algo aguada que, si tenía suerte, contenía algún trozo de carne. Más tarde volvía Carry de nuevo, lo que quería decir que ya había pasado un día.
Sin embargo, aquel sistema le traía otros problemas. En las horas que pasaba en solitario tumbado sobre el lecho de paja húmeda de la celda los pensamientos le asaltaban. No lograba quitarse de la cabeza el día en que los emboscaron, en el que Oxendolf murió. Cierta mañana, Carry le notó más extraño que de costumbre.
- ¿Qué te ocurre? –preguntó la chica en voz baja.
- Pues… aparte de que estoy encerrado, mutilado y que mi vida se ha reducido a contar comidas…
- Llevas aquí más de dos semanas. –Carry frunció el ceño, sentada a su lado-. ¿Por qué hoy te afecta más que ayer?
- El día que me trajeron aquí murieron buenos amigos míos. Uno, sobre todo…
- ¿Tu líder?
- ¿Líder? –lo pensó un instante antes de responder-. Podría decirse que sí. Aunque más bien era lo más parecido a un hermano que jamás he tenido.
- Nosotros también hemos perdido hermanos. Y padres. –La muchacha agachó la mirada-. Muchas mujeres se han quedado solas, con sus hijos… Sus esposos están muertos.
- Es lo malo de las guerras. Las viudas.
Guardaron silencio un instante. Venris aún no comprendía bien a aquella chica, y en verdad que era una relación difícil. Él estaba preso; seguramente moriría. Y ella era la hija del que tendría que matarle.
- ¿Por qué… estabas con ellos? –preguntó de pronto la chica.
- Supongo que por el reino. –Venris frunció el ceño; la verdad es que nunca lo había pensado-. Aunque no siempre ha sido así. No siempre he sido soldado.
- ¿No? –Parecía sorprendida-. Pensé que todos los hombres de hierro eran soldados. Que todos llevaban ropas de metal y varas de hierro.
- No tuve más remedio que dedicarme a las armas. Mi vida no ha sido muy fácil que digamos.
- Todos tenemos una historia. –se limitó a responder ella.
Venris asintió, creyendo que aquella escueta respuesta significaba que debía cambiar de conversación. Sin embargo, la muchacha posó una mano suavemente sobre la suya.
- Yo quiero escuchar la tuya. –susurró.
- ¿Por qué? –inquirió él, asombrado.
- Quiero saber si realmente eres mi enemigo.
- Podría mentirte.
- No lo harás.
El muchacho se encogió ligeramente de hombros y pensó en un comienzo adecuado. Finalmente comenzó a hablar.
- Nací en una ciudad muy lejos de aquí. Está junto a un lago, y ocupa una orilla entera. Su nombre es Tres Orillas. –Mientras hablaba, sentía cómo le asaltaban los recuerdos de su ciudad natal-. Mi padre es un rico mercader… Tiene mucho oro. Mi madre y él siempre quisieron lo mejor para mí: pagaban maestros y compraban bibliotecas enteras para mi uso y disfrute.
- ¿Qué es una… bibiozeca? –pronunció con esfuerzo Carry, ladeando la cabeza.
- ¿Una biblioteca? Es un lugar donde se guardan muchos libros. –La muchacha sonrió y asintió-. La verdad es que crecí un poco solo. No tenía amigos de verdad… sólo a los hijos de los compañeros de mi padre. Yo veía desde las ventanas de mi casa a otros niños de mi edad en la calle, jugando a pillar o a cualquier otra cosa, mientras que yo tenía que aprender tres idiomas, ¿y para qué? Si ni siquiera puedo comunicarme en vuestra lengua. –Venris rio con amargura-. Mis padres eran unos perfectos desconocidos para mí. Todos me decían que me querían, y que buscaban lo mejor para mí, pero…
- ¿Y te escapaste?
- Sí. Un día me escapé al mercado de la ciudad, y me sentí libre. Nunca había estado tanto tiempo solo, alejado de todas las personas que estaban siempre encima de mí… vigilándome. –aclaró Venris, observando la mueca de confusión que hacía Carry-. Todo iba bien. Hasta que volví a casa… Nunca había pasado hambre, y cuando me empezó a doler la barriga no tuve más remedio que volver. En vez de un trozo de carne y un vaso de leche, mi padre me dio una paliza, y cuando mi madre intentó protegerme también le pegó a ella.
- ¿Tu padre te pegó? ¿Y a tu madre? –No estaba tan sorprendida como antes; más bien era desconfianza, como si le estuviera contando una mentira.
- Sí. Pero mi madre le perdonó… tenía miedo de que la abandonara. Yo no tuve más remedio que poner cara de pena, pedir disculpas y volver a esforzarme en mis libros. Mi padre se sentía culpable, así que lo convencí para que me dejara pasear por las tardes, siempre acompañado. Accedió.
- Mi padre también me vigilaba, cuando era pequeña. Pero porque tenía miedo de perderme. –La voz de la joven había alcanzado un nivel de neutralidad similar al de su padre-. Pero aquello era diferente, supongo… Continúa.
- Mi compañía no eran adultos, sino otros jóvenes de mi edad. Entonces yo tendría quince años. Quizá fue la mejor época de mi vida: me reunía con mis amigos, bebíamos en la taberna, contábamos historias… Hasta que cumplí los diecisiete.
Pensó que la chica estaba sentada a más distancia de él, pero de pronto se percató de que sus brazos se tocaban. Ella estaba muy cerca, y lo miraba interesada en lo que pudiera decir. Se esforzó a continuar hablando.
- Me dirigía a la taberna donde me reunía siempre con mis amigos. Iba tranquilo, orgulloso y con la mirada despreocupada que todo adolescente tiene. Cuando entré en un callejón con la intención de acortar el camino, dos hombres me estaban esperando. No querían dinero; no querían secuestrarme; no querían chantajear a mis padres. Sólo querían darme una paliza… Tras dejarme en el suelo, sangrando, uno de ellos tuvo el descuido de acompañar una patada con un “aprende a valorar a tu familia”.
- ¿Tus padres los enviaron? –preguntó Carry, con el ceño fruncido y de nuevo con la desconfianza de la que había hecho gala anteriormente.
- Sólo mi padre. Para darme una lección. –se encogió de hombros-. Aunque entonces se la di yo a él, porque no volví a aparecer por casa. Desaparecí para todos. Con la ayuda de las cosas que llevaba encima, conseguí algo de dinero en la casa de empeños. Abandoné la ciudad.
- Debiste volver. –Los ojos pálidos de la chica estaban clavados en él, al igual que la mano, posada sobre la suya-. Para aclarar las cosas con tu padre… y devolverle aquella lección.
- Tal vez. Pero no iba a ser yo quien se la diera. Preferí irme de la ciudad… ¿Qué crees que le pasó en los caminos a un niño mimado que nunca había tenido que pelear por su supervivencia?
- ¿Te mordió un perro?
- No. Que yo recuerde. –sonrió abiertamente, mientras, con naturalidad, entrelazaba sus dedos con los de Carry-. Pero sí me intentaron morder unos bandidos del bosque. Por suerte pude mantener la compostura los primeros momentos, en vez de ponerme a llorar, y los convencí de que no tenía ni una sola moneda. Les propuse un trato: me uniría a ellos obedientemente, y les ayudaría a conseguir un buen botín para saldar mi deuda para con ellos.
- ¿Qué deuda? ¿Ya los conocías? –La chica soltó la mano de Venris con tranquilidad, y se rascó una mejilla.
- Pues… No, no los conocía. Pero habían intentado robarme, y yo no tenía nada que darles entonces. Así que les entregaría mi parte del primer botín, y si hiciera falta, también del segundo, así hasta devolver lo que les pertenecía por derecho.
- ¿Lo hiciste?
- Claro. Les di mi palabra.
En aquel momento la puerta de la celda se abrió. La chica se levantó apresurada, mientras dos de los carceleros entraban al interior, flanqueando la puerta. Un tercer hombre entró a la celda… un hombre al que Venris ya conocía.
- Así que retozando con la hija de tu protector, ¿eh? –preguntó Pontix, el anciano Guardián-. Cogedlo, chicos.
Ambos carceleros se lanzaron a por él. Venris intentó ofrecer resistencia: a uno de ellos le dio un puñetazo en el estómago, e intentó echar mano al hacha que colgaba del cinto del otro. Pero nada más. Entre los dos lo cogieron por los brazos, y lo sostuvieron con firmeza frente a Pontix.
- Ningún hombre de hierro va a permanecer con vida tan cerca de los dioses. –exclamó con desprecio el viejo.
- ¡Dejadlo en paz, os lo ordeno! –ordenó con voz potente Carry, mientras que miraba la escena con los puños cerrados.
- Cállate, niñita, y búscate otro juguete. Vámonos.
Lo sacaron de la celda con notable prisa. Una vez fuera, Venris frunció el ceño: cinco hombres más esperaban allí, todos armados con picas, arcos o hachas. Uno de ellos se acercó a Venris, le dio un puñetazo y, mientras el muchacho se pasaba la lengua por el labio roto, dejó caer sobre su cabeza un saco de lona, atándoselo fuertemente con una cuerda.
No volvió a escuchar la voz de Carry; sólo susurros y gruñidos nerviosos. No podía ver por dónde lo conducían, aunque sentía el calor de las antorchas cuando pasaban cerca de alguna. “Debe de ser algún tipo de pasadizo”, se dijo mientras se dejaba arrastrar dócilmente, cojeando a cada paso por culpa de la herida en la pierna.
De pronto, el ambiente cargado de su saco de lona se vio invadido por el frescor propio del exterior. Los suelos duros de piedra habían desaparecido, y ahora caminaban apresuradamente por la hojarasca. Los guardias cuchicheaban furiosamente en aquella lengua silvana que él desconocía, hasta que al final guardaron silencio bruscamente. También habían interrumpido la marcha, y Venris se sentía desprotegido allí erguido, sin poder ver lo que tenía delante.
- Buenas tardes, Pontix. ¿Paseando? –preguntó con total normalidad una voz cerca de allí.
- Maldita sea… debí amordazar también a tu hija para que no fuera llorando en tu busca. En fin. Qué más da. Hazte a un lado, por favor. –contestó, tenso, Pontix.
- Lo siento, pero no puedo permitir que te lo lleves.
Venris sintió una ráfaga de viento a su izquierda, y después el sonido chirriante del acero contra el acero. Duró un instante, tras el cual algo pesado cayó al suelo. Al cabo, uno de los guardias que lo sujetaba le quitó la capucha y se alejó de él. El otro guardia que lo había llevado hasta allí estaba tumbado, boca abajo, en el suelo. Pontix se encontraba varios pasos a su derecha, mirando atónito a Magiomaros, que estaba también algo alejado, con la mano en la corteza de un árbol.
- Nos veremos en la reunión de mañana, Pontix. Que pases un buen día. –dijo el hombre en tono cordial, sacudiéndose las manos. Le hizo una seña a Venris para que lo siguiera, y se alejaron a buen paso de allí.
Ambos hombres caminaban, el silvano por delante de Venris, por aquel bosquecillo de árboles bajos y tupidos que bloqueaban la luz del sol radiante del mediodía. Magiomaros no decía nada, y andaba a buen paso, como queriendo alejarse rápidamente de Pontix y los suyos. Venris miraba a un lado y a otro, inquieto. Olía a humo, a hierbas y a excrementos de animal.
Tras unos instantes de caminata, el pueblo silvano fue visible a su derecha, pero Magiomaros no se dirigió hacia allí. Lo pasaron de largo, y cuando ya no quedaba ni rastro de las modestas casas de los salvajes, el hombre torció a la derecha, y comenzaron a ascender por una colina. Allí los árboles no estaban tan juntos como antes, y el suelo estaba oculto por las hojas caídas de sus ramas.
- ¿A dónde me has traído? –inquirió Venris cuando llegaron hasta un caserón de dos pisos, construido en madera de roble.
- A mi casa.
Nada más entrar los recibía un largo pasillo, poblado de puertas a cada lado. Magiomaros giró a la izquierda en la segunda puerta, y comenzó a ascender por una escalera, seguido por Venris, que observaba con curiosidad a su alrededor.
Cuando subió el último escalón, Venris logró contener una exclamación de sorpresa ante lo que vio. El segundo piso estaba constituido por tan sólo una grandísima habitación, cuya pared norte era inexistente. En aquella parte el techo estaba sostenido por algunas vigas de madera, en las que colgaban extraños objetos, que Venris supuso que serían amuletos o alhajas. La visión que podía observarse desde allí era fantástica: el pueblo silvano se veía completamente, al igual que sus distintos habitantes, y el horizonte, poblado por los árboles del bosque, cuyas copas estaban iluminadas ligeramente por el sol alto del mediodía.
- Siéntate, por favor. Tenemos que hablar. –le dijo Magiomaros con aquel tono grisáceo y carente de emoción que ya había escuchado antes.
Venris tomó asiento en una silla de respaldo ancho frente a una mesa alta, que no era más que una tabla de madera sostenida por varios caballetes. Magiomaros tomó asiento a su lado.
- No volverás a tu celda. Pontix pretendía matarte hoy.
- Ya me lo imaginaba. Supongo que debería darte las gracias de nuevo. –resopló Venris, sarcástico.
- No lo hagas. –Magiomaros se apartó un mechón de pelo blanco de la cara, y fijó sus grandes ojos grises en los de Venris-. Pronto me odiarás, si es que no lo haces ya. En ningún momento has dejado de ser mi enemigo.
- Mataste a mis compañeros. Eso te convierte en un enemigo para mí. Pero sin embargo ya he perdido la cuenta de las veces que me has salvado la vida. Si quisieras matarme, ya lo habrías hecho. ¿Por qué me mantienes con vida, enfrentándote a los tuyos? Sería muy fácil cortarme la garganta.
- Para ti es muy fácil, ¿verdad, hombre de hierro? –repuso con suma frialdad el silvano-. Tan sólo coger una daga, y deslizarla con fuerza bajo tu cuello. ¿Eso es lo que deseas?
- Es la única forma de que recupere mi libertad. Pues tú no me la vas a dar.
- ¿Padre? –intervino, asustada.
Cuando se giró, vio a Carry agachada en la escalera, mirándoles con cautela. Magiomaros le hizo una señal para que se acercara. La chica se quedó a su lado, mirando a Venris.
- Si quieres darle las gracias a alguien, que sea a mi hija. Fue ella quien me avisó de lo que planeaba ese viejo de Pontix.
- Te lo agradezco, mi señora. –dijo con solemnidad Venris, a la vez que inclinaba la cabeza-. Pero hubiera preferido que Pontix siguiera con su plan; hubiera intentado escapar.
- Si quieres puedo llamarlo. Estoy seguro de que vendrá. –gruñó con ironía Magiomaros-. No te hubiera dado oportunidad de hacerlo: habría acabado con tu vida sin avisarte ni descubrirte el rostro. Para nosotros no eres nada, hombre de hierro.
Venris le sostuvo la mirada, evaluándolo. Ni siquiera se planteaba escapar, pues tan sólo los ojos de aquel hombre lo ponían nervioso. “Me mataría antes de que alcanzara la escalera…”.
- Dime qué planeas para mí.
- Eres hábil con la espada. Te he visto pelear. –Ahora fue Magiomaros quien lo sopesaba con los ojos-. Fue un revés para mí cuando tuvimos que amputarte la mano derecha. Te costará aprender con la otra. Te quedarás aquí, en mi casa, el tiempo que sea necesario. Hasta que todo esté preparado.
- Prefiero volver a la celda. ¿Qué tiene que estar preparado?
- En la celda te matarán, pero eres libre de volver allí… si consigues escapar de aquí.
- ¿Qué tienes que preparar? –insistió Venris.
- Nuestra partida. Me acompañarás a las montañas… Hay algo que quiero enseñarte.
- Pero…
- Basta de preguntas, hombre de hierro. Hija mía, ve a preparar la comida… he de tratar algunos temas con nuestro invitado. –dijo Magiomaros dirigiéndose a Carry.
La muchacha sonrió disimuladamente a Venris cuando pasó por su lado. Su padre, sin embargo, le miraba con su gesto habitual, esperando. Una vez dejó de escucharse el crujido de los escalones bajo los pies de Carry, el hombre habló.
- Eres mi invitado. Pero escúchame bien. Si osas tocar a mi hija… si intentas algo con ella, no me lo pensaré dos veces. No eres indispensable para mí, puedo matarte con toda libertad. Así que no abuses de mi compasión ni de mi bondad, y aprovecha bien tus últimos días de vida, porque lo serán… pero no con mi hija.
martes, 12 de julio de 2011
Capítulo VI: El poder de la oscuridad
La oscuridad era tan negra que cuando abrió los ojos se creyó ciego. Cuando habló y no pudo escuchar su voz, se creyó sordo. Pero cuando movió las manos y escuchó el tintineo de las cadenas, supo que vivía.
Supo que vivía encerrado en un agujero negro, rodeado de fría piedra y tan sólo con la compañía de la inmundicia. Supo, además, que no podía hablar; le habían amordazado con un trapo sucio que prefería no saborear. Y, aunque no lo sabía, sí adivinó el lugar en el que se encontraba: las mazmorras de la Gran Torre, famosa por su altura, y no tanto por su profundidad.
No intentó susurrar palabra alguna, ni hacer cualquier movimiento de dedos. Como todo lo demás, aquello también lo supo: no podría escapar de allí. Aquello no era una jaula de madera, de la que uno podía escaparse si lo deseaba. Donde ahora se encontraba era una celda de piedra, enterrada sobre mucha más piedra, y sus manos estaban encadenadas con veraplata; sentía el ardor y escozor en las muñecas, allí donde de niño le habían tatuado los símbolos.
Podía intentar escapar. Podría pensar en un remoto lugar, lejano a aquella urbe, y escapar de allí. Podría asesinar al carcelero, a los guardias y a todos los demás; podría escapar dejando una estela de muerte a su paso. Podría todo aquello y mucho más. Pero algo tan simple como la veraplata lo retenía a la situación en la que se encontraba.
Le habían puesto la veraplata nada más capturarlos; eran muchos hombres, a caballo, y muy bien armados. Cuando los vio le recordaron aquellas historias que solían contarle; relatos de valientes hombres que, desprovistos de patria, formaban la Compañía del Bosque, dedicada a mantener la paz en sus tierras y a acabar con los bandidos. Pero aquellos no eran Compañeros, sino esbirros del reino de la Torre. Esbirros del mismo reino que tenía intención de contratar sus servicios como mercenarios.
Mantuvo los ojos cerrados con la intención de no ver la oscuridad, intentando no sumergirse en ella y luchando por que no le rodeara para siempre. Fue entonces cuando una voz interior comenzó a hablarle con aquellas sedosas palabras; le ordenaba con ímpetu que escapara, y que acudiera de nuevo a ella. Porque sólo ella podría salvarle. La oscuridad. Tentado estuvo de abrir los ojos y enfrentarse a la realidad, pero no fue así.
Sin embargo, cuando ya estaba sumido en sus pensamientos, repasando una y otra vez lo que ya había aprendido, la puerta del calabozo se abrió. Intuyó la antorcha que ardía en la mano del carcelero, y sintió la presencia de los dos guardias cuyas cotas de malla hacían más ruido del necesario. Abrió los ojos, con tranquilidad.
- Cogedle vosotros, y quitadle ese trapo de la boca; yo voy a soltar la cadena de la argolla. –dijo con fastidio uno de los guardias. Sus compañeros obedecieron, se acercaron al prisionero y lo alzaron por los hombros-.
El que había hablado se dirigió a la pared de la celda, que había quedado iluminada tenuemente con la antorcha que sostenía el carcelero, quien permanecía en pie ante la puerta. El guardia soltó la cadena, y los demás sacaron al prisionero de allí.
El pasillo, construido en sólida y gruesa piedra, estaba mucho mejor iluminado gracias a las antorchas que colgaban de la pared. Los guardias se encaminaron hacia la derecha, arrastrando al prisionero de la cadena. El hombre tan sólo pensaba, reflexionaba.
- ¿Para qué los querrá el Consejo? ¿Tú sabes algo, Dicky? –preguntó uno de los guardias dirigiéndose al que había soltado la cadena-.
- No lo sé, Quarry. Si lo supiera, supongo que sería consejero, y no guardián de cloacas.
- Es verdad. –Quarry frunció el ceño-. Pero… lo que hacen está prohibido. Deberían matarlos, porque ellos mataron a Jay, a Brick, y a todos los demás… Brick me debía una jarra de cerveza. Perdió la apuesta…
- Cállate. –ordenó con sequedad Dicky-.
El prisionero miró a los lados; Dicky, orondo y grueso como un barril, caminaba sudoroso a su izquierda; a su derecha andaba Quarry, de corta estatura pero fornido. Delante de ellos marchaba el carcelero, un hombretón de cabeza calva y deforme, que sostenía en alto la antorcha. Era Quarry quien sujetaba el extremo de cadena que antes había estado sujeto en la pared de la celda.
Recordó, tal vez con añoranza, aquellos años de su juventud en los que el sol radiante de Nemnia le quemaba la nuca mientras entrenaba duro en la Llanura del Cojo. Aún tenía marcas en la espalda de los latigazos del maestre. Con una tímida sonrisa, recordó el momento en el que apuñaló a aquel anciano con el rústico cuchillo de madera. Había tardado una semana en fabricarlo, y le había servido tan bien…
- ¿Y mis hermanos? –preguntó con voz suave el prisionero. Aunque hasta hacía un momento su garganta estaba reseca, ahora estaba húmeda y preparada-.
- Vaya, si la sabandija sabe hablar. –gruñó Quarry-. No es de tu incumbencia.
- Sí lo es. –repuso el otro-. Decidme dónde están mis hermanos. Y me callaré.
- Más adelante, con el resto de los hombres. –contestó de mala gana Quarry, recalcando la parte final de la frase-. Diez hombres de la Torre, chico, así que no hagas tonterías.
- Yo nunca hago tonterías.
Al dar el siguiente paso, movió la pierna izquierda hacia Quarry, que trastabilló y cerca estuvo de perder el equilibrio. Antes de que el hombre se recompusiera, el prisionero golpeó con el codo la espalda del hombre tal y como le habían enseñado: en el centro, donde la gruesa espina bajaba y bajaba. El crujido que sonó en respuesta le indicó que el soldado no volvería a levantarse.
Cuando oyó la espada desenvainarse a sus espaldas, se giró y bloqueó el ataque de Dicky con la cadena que unía sus muñecas. Hizo girar la espada del guardia, y con una hábil patada hizo caer al grueso hombre que, para sorpresa del prisionero, se rompió el cuello con la caída. Aún con la espada enredada entre las muñecas, volvió a girar sobre sus talones, hacia donde el carcelero le miraba perplejo.
- He conocido el poder de la oscuridad, amigo, gracias a vuestra celda. Setter de Nemnia te lo agradece.
Tras decir aquellas palabras, Setter echó hacia atrás los brazos y lanzó la espada que hasta entonces había estado enredada entre sus muñecas. El acero traspasó la garganta del carcelero limpiamente, y, cuando la guarda le rompió la barbilla, el cuerpo, ya muerto, cayó al suelo.
Setter rebuscó con velocidad entre las ropas de los guardias. Las únicas llaves que encontró fueron las del candado que había unido la cadena unida a la argolla de la celda; ninguna servía para abrir las esposas que le habían colocado en las muñecas. “Esto sólo supone un problema más… sólo uno más”, se forzó a pensar. Se colgó los puñales de los soldados muertos en el cinto de cuero que rodeaba su túnica negra, que estaba manchada por todas partes. Se colgó también la espada del muerto Quarry, que permanecía en su vaina, y agarró la antorcha del difunto carcelero.
Caminó, casi de puntillas, por aquel pasillo forzando el oído. Algunas voces resonaban allí, muy lejos de donde se encontraba. Anduvo pegado a la pared, mirando con cuidado en cada esquina, hasta que al final los encontró.
En el último cruce de pasillos, uno de ellos llevaba hasta una gran sala, en la que se escuchaban las risotadas de varios hombres. Caminó con sigilo, agachado, con la mirada fija en aquel punto; la puerta de la sala permanecía entornada, lo que permitiría que se acercara sin ser descubierto.
- Mirad cómo guardan silencio, estas ratas mágicas. ¡Ja, ja! –gritó una voz grave que llegó flotando desde la sala. El resto de voces también provenían de allí-.
- Venga, Harrick, no seas cruel. No pueden ni siquiera hablar…
- Va, Harrick, córtale la polla y envíasela al Consejo. Seguro que es lo que quieren. ¡Ja!
- ¡Sí! ¡Dos pollas recién cortadas, para esos vejestorios!
El estruendo de las risas se mezcló con el de la puerta que chocaba contra la pared. Nada más entrar, Setter lanzó con todas sus fuerzas la antorcha hacia donde se encontraban tres soldados; a uno se le prendió la sucia melena negra, mientras que al otro se le encendió la capa. Los demás comenzaron a desenvainar sus armas: Setter abatió a otros dos, que recibieron cada uno un cuchillo certero en la garganta. “Ni siquiera saben protegerse el cuello”, pensó Setter.
Mientras los otros cinco lo rodeaban, cautelosos y con la espada en mano, Setter miró con el rabillo del ojo hacia un rincón. Sus dos hermanos, inconscientes, estaban allí, maniatados, inconscientes, y aún amordazados. Aún así, otro detalle llamó su atención: uno de los soldados sujetaba una pesada hacha de combate; debía de tratarse del tal Harrick.
Desenvainada la espada de Quarry, Setter dio dos pasos hacia delante, y provocó al del hacha. Detuvo sus golpes, y el prisionero tuvo que retroceder ante la intromisión de los otros cuatro. Como por arte de magia, Harrick hizo lo que él quería: levantó muy alto el hacha y la dejó caer sobre él.
Tal y como había hecho antes parando el golpe de Dicky, extendió las muñecas, tensando la cadena contra el hacha, que hizo añicos la veraplata. “Veraplata: Mineral que excluye la magia, pero no el acero”, recitó para sus adentros.
- ¡NO! –rugió Harrick, palideciendo y dándose cuenta de lo que había hecho. Los otros cuatro, sorprendidos por el grito, se detuvieron-.
Setter extendió los brazos, sintiéndose, por fin, libre. De sus labios escapó una brizna de aire, dirigida contra las rocas de la pared. Éstas temblaron, y una corriente de aire cruzó la estancia, haciendo temblar las antorchas que ardían en la pared e incluso apagando algunas. El joven se sintió desfallecer: aún llevaba puestas las esposas de veraplata, y aquello era lo único que podría hacer. Más que suficiente.
Mientras las antorchas parpadeaban, dio un paso adelante. Golpeó con la espada a su oponente más cercano, y con la mano libre le sujetó el brazo derecho; lo dobló en un giro imposible, escuchando el crujido del hueso, y una vez estuvo suelta, agarró la espada del soldado que ahora se retorcía de dolor en el suelo, con el brazo roto. Avanzó un poco más y acabó con otros dos: atravesó las tripas de uno mientras, de un tajo limpio, cortaba la garganta del otro. En medio del combate escuchó las voces que resonaban tras la pesada puerta que había a su izquierda.
- ¡Abrid de inmediato, en nombre del Rey! ¡Abrid! –rugía la voz-.
No había tiempo que perder. Fintó a la derecha, bloqueó la torpe estocada de su adversario y le cortó la garganta sin miramientos. Sin que le diera tiempo hacer nada más, Harrick y su hacha se cernieron sobre él; detenía los hachazos uno tras otro, pero el acero había comenzado a mellarse, y cualquiera de los golpes siguientes podría hacerlo quebrar. Mientras tanto, los Hombres del Rey habían comenzado a golpear la puerta de madera con algo pesado; puerta que no tardaría en abrirse, lo que supondría su final.
Efectivamente, al siguiente golpe la espada se partió con un ruido sordo. Harrick soltó una mano de su hacha y propinó un puñetazo a Setter. Éste se tambaleó brevemente, mientras oía cómo se astillaba la puerta de madera y los gritos de los Hombres del Rey entraban en la sala.
Harrick se alzaba delante suya, desafiante, sosteniendo el hacha por encima de su cabeza. “Pretende decapitarme antes de que entren”, pensó el otro. Era aquella la única solución posible; en el momento en que el soldado dejaba caer su arma, Setter juntó las muñecas, las levantó y esperó el golpe o el corte.
Por suerte, oyó el golpe. Las esposas se partieron; Setter se impulsó con una sola pierna para ponerse en pie. Las hachas caían sobre la puerta de la sala, haciéndola añicos, pero ya no le importaba. Alargó la mano y clavó dos dedos en los ojos del soldado, que dio un paso hacia atrás, aullando de dolor.
La puerta se partió, y los Hombres del Rey entraron en tropel. Debían de ser lo menos treinta, pero aquello tampoco importaba a Setter. El hombre miró con tristeza a donde se encontraban sus hermanos: “Lo siento”, murmuró, “pero alguien debe vengarnos”.
Los diez ballesteros formaron apresuradamente, dirigieron sus armas hacia Setter durante una fracción de segundo y dispararon tras la orden impetuosa de su capitán.
Las saetas surcaron el aire, y realmente parecían hacerlo a una velocidad demasiado lenta. Setter las observó; sintió aquella sensación familiar, como si el tiempo se detuviese, ofreciéndole el instante que tanto anhelaba.
Ante la sorpresa de los soldados, Setter se desmoronó transformándose en arena. Los dardos volaron a su alrededor. La arena continuaba cayendo, y ninguno de los dardos parecía haber hecho diana. Pero sólo nueve flechas cayeron sobre las piedras del suelo.
Supo que vivía encerrado en un agujero negro, rodeado de fría piedra y tan sólo con la compañía de la inmundicia. Supo, además, que no podía hablar; le habían amordazado con un trapo sucio que prefería no saborear. Y, aunque no lo sabía, sí adivinó el lugar en el que se encontraba: las mazmorras de la Gran Torre, famosa por su altura, y no tanto por su profundidad.
No intentó susurrar palabra alguna, ni hacer cualquier movimiento de dedos. Como todo lo demás, aquello también lo supo: no podría escapar de allí. Aquello no era una jaula de madera, de la que uno podía escaparse si lo deseaba. Donde ahora se encontraba era una celda de piedra, enterrada sobre mucha más piedra, y sus manos estaban encadenadas con veraplata; sentía el ardor y escozor en las muñecas, allí donde de niño le habían tatuado los símbolos.
Podía intentar escapar. Podría pensar en un remoto lugar, lejano a aquella urbe, y escapar de allí. Podría asesinar al carcelero, a los guardias y a todos los demás; podría escapar dejando una estela de muerte a su paso. Podría todo aquello y mucho más. Pero algo tan simple como la veraplata lo retenía a la situación en la que se encontraba.
Le habían puesto la veraplata nada más capturarlos; eran muchos hombres, a caballo, y muy bien armados. Cuando los vio le recordaron aquellas historias que solían contarle; relatos de valientes hombres que, desprovistos de patria, formaban la Compañía del Bosque, dedicada a mantener la paz en sus tierras y a acabar con los bandidos. Pero aquellos no eran Compañeros, sino esbirros del reino de la Torre. Esbirros del mismo reino que tenía intención de contratar sus servicios como mercenarios.
Mantuvo los ojos cerrados con la intención de no ver la oscuridad, intentando no sumergirse en ella y luchando por que no le rodeara para siempre. Fue entonces cuando una voz interior comenzó a hablarle con aquellas sedosas palabras; le ordenaba con ímpetu que escapara, y que acudiera de nuevo a ella. Porque sólo ella podría salvarle. La oscuridad. Tentado estuvo de abrir los ojos y enfrentarse a la realidad, pero no fue así.
Sin embargo, cuando ya estaba sumido en sus pensamientos, repasando una y otra vez lo que ya había aprendido, la puerta del calabozo se abrió. Intuyó la antorcha que ardía en la mano del carcelero, y sintió la presencia de los dos guardias cuyas cotas de malla hacían más ruido del necesario. Abrió los ojos, con tranquilidad.
- Cogedle vosotros, y quitadle ese trapo de la boca; yo voy a soltar la cadena de la argolla. –dijo con fastidio uno de los guardias. Sus compañeros obedecieron, se acercaron al prisionero y lo alzaron por los hombros-.
El que había hablado se dirigió a la pared de la celda, que había quedado iluminada tenuemente con la antorcha que sostenía el carcelero, quien permanecía en pie ante la puerta. El guardia soltó la cadena, y los demás sacaron al prisionero de allí.
El pasillo, construido en sólida y gruesa piedra, estaba mucho mejor iluminado gracias a las antorchas que colgaban de la pared. Los guardias se encaminaron hacia la derecha, arrastrando al prisionero de la cadena. El hombre tan sólo pensaba, reflexionaba.
- ¿Para qué los querrá el Consejo? ¿Tú sabes algo, Dicky? –preguntó uno de los guardias dirigiéndose al que había soltado la cadena-.
- No lo sé, Quarry. Si lo supiera, supongo que sería consejero, y no guardián de cloacas.
- Es verdad. –Quarry frunció el ceño-. Pero… lo que hacen está prohibido. Deberían matarlos, porque ellos mataron a Jay, a Brick, y a todos los demás… Brick me debía una jarra de cerveza. Perdió la apuesta…
- Cállate. –ordenó con sequedad Dicky-.
El prisionero miró a los lados; Dicky, orondo y grueso como un barril, caminaba sudoroso a su izquierda; a su derecha andaba Quarry, de corta estatura pero fornido. Delante de ellos marchaba el carcelero, un hombretón de cabeza calva y deforme, que sostenía en alto la antorcha. Era Quarry quien sujetaba el extremo de cadena que antes había estado sujeto en la pared de la celda.
Recordó, tal vez con añoranza, aquellos años de su juventud en los que el sol radiante de Nemnia le quemaba la nuca mientras entrenaba duro en la Llanura del Cojo. Aún tenía marcas en la espalda de los latigazos del maestre. Con una tímida sonrisa, recordó el momento en el que apuñaló a aquel anciano con el rústico cuchillo de madera. Había tardado una semana en fabricarlo, y le había servido tan bien…
- ¿Y mis hermanos? –preguntó con voz suave el prisionero. Aunque hasta hacía un momento su garganta estaba reseca, ahora estaba húmeda y preparada-.
- Vaya, si la sabandija sabe hablar. –gruñó Quarry-. No es de tu incumbencia.
- Sí lo es. –repuso el otro-. Decidme dónde están mis hermanos. Y me callaré.
- Más adelante, con el resto de los hombres. –contestó de mala gana Quarry, recalcando la parte final de la frase-. Diez hombres de la Torre, chico, así que no hagas tonterías.
- Yo nunca hago tonterías.
Al dar el siguiente paso, movió la pierna izquierda hacia Quarry, que trastabilló y cerca estuvo de perder el equilibrio. Antes de que el hombre se recompusiera, el prisionero golpeó con el codo la espalda del hombre tal y como le habían enseñado: en el centro, donde la gruesa espina bajaba y bajaba. El crujido que sonó en respuesta le indicó que el soldado no volvería a levantarse.
Cuando oyó la espada desenvainarse a sus espaldas, se giró y bloqueó el ataque de Dicky con la cadena que unía sus muñecas. Hizo girar la espada del guardia, y con una hábil patada hizo caer al grueso hombre que, para sorpresa del prisionero, se rompió el cuello con la caída. Aún con la espada enredada entre las muñecas, volvió a girar sobre sus talones, hacia donde el carcelero le miraba perplejo.
- He conocido el poder de la oscuridad, amigo, gracias a vuestra celda. Setter de Nemnia te lo agradece.
Tras decir aquellas palabras, Setter echó hacia atrás los brazos y lanzó la espada que hasta entonces había estado enredada entre sus muñecas. El acero traspasó la garganta del carcelero limpiamente, y, cuando la guarda le rompió la barbilla, el cuerpo, ya muerto, cayó al suelo.
Setter rebuscó con velocidad entre las ropas de los guardias. Las únicas llaves que encontró fueron las del candado que había unido la cadena unida a la argolla de la celda; ninguna servía para abrir las esposas que le habían colocado en las muñecas. “Esto sólo supone un problema más… sólo uno más”, se forzó a pensar. Se colgó los puñales de los soldados muertos en el cinto de cuero que rodeaba su túnica negra, que estaba manchada por todas partes. Se colgó también la espada del muerto Quarry, que permanecía en su vaina, y agarró la antorcha del difunto carcelero.
Caminó, casi de puntillas, por aquel pasillo forzando el oído. Algunas voces resonaban allí, muy lejos de donde se encontraba. Anduvo pegado a la pared, mirando con cuidado en cada esquina, hasta que al final los encontró.
En el último cruce de pasillos, uno de ellos llevaba hasta una gran sala, en la que se escuchaban las risotadas de varios hombres. Caminó con sigilo, agachado, con la mirada fija en aquel punto; la puerta de la sala permanecía entornada, lo que permitiría que se acercara sin ser descubierto.
- Mirad cómo guardan silencio, estas ratas mágicas. ¡Ja, ja! –gritó una voz grave que llegó flotando desde la sala. El resto de voces también provenían de allí-.
- Venga, Harrick, no seas cruel. No pueden ni siquiera hablar…
- Va, Harrick, córtale la polla y envíasela al Consejo. Seguro que es lo que quieren. ¡Ja!
- ¡Sí! ¡Dos pollas recién cortadas, para esos vejestorios!
El estruendo de las risas se mezcló con el de la puerta que chocaba contra la pared. Nada más entrar, Setter lanzó con todas sus fuerzas la antorcha hacia donde se encontraban tres soldados; a uno se le prendió la sucia melena negra, mientras que al otro se le encendió la capa. Los demás comenzaron a desenvainar sus armas: Setter abatió a otros dos, que recibieron cada uno un cuchillo certero en la garganta. “Ni siquiera saben protegerse el cuello”, pensó Setter.
Mientras los otros cinco lo rodeaban, cautelosos y con la espada en mano, Setter miró con el rabillo del ojo hacia un rincón. Sus dos hermanos, inconscientes, estaban allí, maniatados, inconscientes, y aún amordazados. Aún así, otro detalle llamó su atención: uno de los soldados sujetaba una pesada hacha de combate; debía de tratarse del tal Harrick.
Desenvainada la espada de Quarry, Setter dio dos pasos hacia delante, y provocó al del hacha. Detuvo sus golpes, y el prisionero tuvo que retroceder ante la intromisión de los otros cuatro. Como por arte de magia, Harrick hizo lo que él quería: levantó muy alto el hacha y la dejó caer sobre él.
Tal y como había hecho antes parando el golpe de Dicky, extendió las muñecas, tensando la cadena contra el hacha, que hizo añicos la veraplata. “Veraplata: Mineral que excluye la magia, pero no el acero”, recitó para sus adentros.
- ¡NO! –rugió Harrick, palideciendo y dándose cuenta de lo que había hecho. Los otros cuatro, sorprendidos por el grito, se detuvieron-.
Setter extendió los brazos, sintiéndose, por fin, libre. De sus labios escapó una brizna de aire, dirigida contra las rocas de la pared. Éstas temblaron, y una corriente de aire cruzó la estancia, haciendo temblar las antorchas que ardían en la pared e incluso apagando algunas. El joven se sintió desfallecer: aún llevaba puestas las esposas de veraplata, y aquello era lo único que podría hacer. Más que suficiente.
Mientras las antorchas parpadeaban, dio un paso adelante. Golpeó con la espada a su oponente más cercano, y con la mano libre le sujetó el brazo derecho; lo dobló en un giro imposible, escuchando el crujido del hueso, y una vez estuvo suelta, agarró la espada del soldado que ahora se retorcía de dolor en el suelo, con el brazo roto. Avanzó un poco más y acabó con otros dos: atravesó las tripas de uno mientras, de un tajo limpio, cortaba la garganta del otro. En medio del combate escuchó las voces que resonaban tras la pesada puerta que había a su izquierda.
- ¡Abrid de inmediato, en nombre del Rey! ¡Abrid! –rugía la voz-.
No había tiempo que perder. Fintó a la derecha, bloqueó la torpe estocada de su adversario y le cortó la garganta sin miramientos. Sin que le diera tiempo hacer nada más, Harrick y su hacha se cernieron sobre él; detenía los hachazos uno tras otro, pero el acero había comenzado a mellarse, y cualquiera de los golpes siguientes podría hacerlo quebrar. Mientras tanto, los Hombres del Rey habían comenzado a golpear la puerta de madera con algo pesado; puerta que no tardaría en abrirse, lo que supondría su final.
Efectivamente, al siguiente golpe la espada se partió con un ruido sordo. Harrick soltó una mano de su hacha y propinó un puñetazo a Setter. Éste se tambaleó brevemente, mientras oía cómo se astillaba la puerta de madera y los gritos de los Hombres del Rey entraban en la sala.
Harrick se alzaba delante suya, desafiante, sosteniendo el hacha por encima de su cabeza. “Pretende decapitarme antes de que entren”, pensó el otro. Era aquella la única solución posible; en el momento en que el soldado dejaba caer su arma, Setter juntó las muñecas, las levantó y esperó el golpe o el corte.
Por suerte, oyó el golpe. Las esposas se partieron; Setter se impulsó con una sola pierna para ponerse en pie. Las hachas caían sobre la puerta de la sala, haciéndola añicos, pero ya no le importaba. Alargó la mano y clavó dos dedos en los ojos del soldado, que dio un paso hacia atrás, aullando de dolor.
La puerta se partió, y los Hombres del Rey entraron en tropel. Debían de ser lo menos treinta, pero aquello tampoco importaba a Setter. El hombre miró con tristeza a donde se encontraban sus hermanos: “Lo siento”, murmuró, “pero alguien debe vengarnos”.
Los diez ballesteros formaron apresuradamente, dirigieron sus armas hacia Setter durante una fracción de segundo y dispararon tras la orden impetuosa de su capitán.
Las saetas surcaron el aire, y realmente parecían hacerlo a una velocidad demasiado lenta. Setter las observó; sintió aquella sensación familiar, como si el tiempo se detuviese, ofreciéndole el instante que tanto anhelaba.
Ante la sorpresa de los soldados, Setter se desmoronó transformándose en arena. Los dardos volaron a su alrededor. La arena continuaba cayendo, y ninguno de los dardos parecía haber hecho diana. Pero sólo nueve flechas cayeron sobre las piedras del suelo.
viernes, 8 de julio de 2011
Capítulo V: El destino del prisionero
Siguió dando un paso tras otro, aunque apenas podía arrastrar los pies. Sentía cómo las ataduras de cuerda de cáñamo le raspaban la piel de los brazos y los tobillos; el dolor del muñón le martilleaba en la cabeza, y el de la herida del brazo era aún peor. Venris desconocía el motivo de por qué le habían atado: le faltaba parte del brazo derecho, la parte baja de su pierna izquierda estaba desgarrada y no había puesto resistencia cuando fueron a por él.
“Hacen bien en pensar que soy un monstruo”, pensó. Venris miró a su alrededor; los niños correteaban por entre las casas de madera y los animales. Algunos de los pequeños incluso cantaban en su extraño idioma. El dolor del muchacho aumentaba hasta niveles exorbitados cuando veía a aquella gente desenvolverse en su mundo: las madres cuidaban de sus pequeños, y los padres vigilaban que nada ni nadie pudiera dañarles. “Esto no es tan diferente, ni tan descabellado, de como todos lo pintaban”.
Su escolta estaba compuesta por cuatro hombres ataviados con cuero, armados con picas. Ninguno llevaba ninguna espada, y desde que lo habían sacado de su celda había visto muy poco acero. La muchacha que lo cuidaba, Carry, también lo acompañaba. Hacía ya dos días desde que la chica consintió en darle su nombre, pero no había arrancado ni una palabra más de sus labios; no en su idioma. Carry a veces canturreaba en voz baja; eran canciones suaves, y parecían hablar de multitud de cosas. Aunque él no entendía nada.
Lo condujeron por aquella gran aldea, mientras todo el mundo se giraba y se le quedaba mirando, como si fuera un mono de feria. Venris apenas podía alzar la mirada del suelo: ¿cuántas viudas lo mirarían; cuántas madres buscarían en su mirada el rastro de sus asesinados hijos? Le hubiera gustado gritarles a todos que él no sabía nada; que fue tan iluso como para pensar que aquel pueblo se alimentaba de los arbustos y dormía bajo las rocas. “Qué fácil me engañaron”.
A su memoria acudió la última vez en su vida que estuvo en una mazmorra. El agujero inmundo se encontraba a cientos de kilómetros de allí, pero lo habían encerrado por algo muy diferente. “Robar y desvalijar a gordos nobles no tiene comparación con el asesinato”. Recordó las opciones que le presentaron: la muerte en la horca, o su servicio en el ejército. Deseó con todas sus fuerzas haber elegido la primera opción, ya que así no tendría que cargar en su espalda con la muerte de inocentes.
Ante ellos comenzó a alzarse un gran edificio de piedra, que desentonaba con las maltrechas cabañas de madera de su alrededor. La fachada empedrada tenía dos ventanas redondas y, bajo ellas, un portalón enorme y curvado. Casi parecía el rostro de un gigante; los bárbaros no tardaron en empujarle hacia las fauces del enorme edificio.
Allí sólo había una gran sala, con grandes y cuadradas columnas simples a ambos lados. Entre estas, la multitud se agolpaban unos contra otros, mientras que un círculo de ancianos decrépitos estaba sentado en el centro de la sala. Mientras lo conducían hasta ellos, Venris atisbó por el rabillo del ojo varios hombres armados, en su mayoría arqueros, aunque alguno de ellos portaba un puñal. Al fondo de la estancia se erguían seis enormes figuras de madera: tres hombres y tres mujeres. El muchacho no pudo evitar fijar la mirada en ellos, y mientras arrastraba los pies hacia allí Carry le susurró al oído: “Arrodíllate al llegar”.
Cuatro ancianos lo esperaban sentados en corro delante de las grandes tallas. A sus lados, cuatro arqueros ataviados con largas cotas de malla observaban a los presentes, en especial a Venris; en un lado, algo apartado de los demás, se encontraba el hombre del pelo blanco: el asesino de Oxendolf. Su mirada, igual de fría que en el bosque, estaba fija en él, aunque hablaba en voz baja con un hombretón de gran melena, en cuya espalda colgaba un mandoble de plateada empuñadura.
“Mi mandoble… Hijo de puta”. Venris frunció los labios, y se tragó todos y cada uno de los insultos que se le ocurrieron. Un pinchazo en el muñón le hizo volver a la realidad; cuando llegó ante los ancianos la sala quedó en silencio, y él hincó la rodilla sana en el suelo arenoso. Agachó la mirada, y esperó.
Alguien tosió en la concurrida sala. Un niño pequeño lloraba, y su madre luchaba por hacerle entrar en silencio. Al final, no tuvo más remedio que salir de la sala, llevando consigo a su ruidoso hijo. Venris hizo acopio de valor y levantó levemente la cabeza, para poder mirar a los cuatro ancianos.
Eran muy mayores, seguramente rondarían los cien años. La piel de la cara era un amasijo de arrugas y manchas de la edad; sus largas barbas blancas trenzadas llegaban hasta el suelo, y sus ojos eran de un color gris lechoso y pálido. Sin embargo, aquellos ojos tenían fuerza, y no parecían tener la misma edad que el resto del cuerpo. Venris no habría podido diferenciar a los ancianos si se los hubieran presentado por separado, vestidos con aquellas largas túnicas entretejidas con hojas de los árboles.
- Debiste matarlo en el bosque, Magiomaros. Es un hombre de hierro… -dijo con voz potente el anciano situado más a la izquierda-.
- Acabé con la vida de su líder. Es lo importante. –le contestó el asesino de Oxendolf, Magiomaros, sin apartar la vista del preso-.
- No le reproches más, Naaros. –El anciano que había hablado suspiró, y apoyó una mano, que más bien parecía una garra, sobre el hombro de su compañero. Con gran esfuerzo se puso en pie, y se acercó a Venris, que volvió a agachar la cabeza en silencio-. Los dioses ya han sido testigos de demasiada muerte…
- No puedes negar que es un asesino, Garadix. –se empeñó el tal Naaros-. Y, ahora que camina entre nosotros merece la muerte.
- Tienes razón, Naaros… -apoyó una mano con suavidad sobre la cabeza de Venris- pero es apenas un muchacho. Ha matado, lo sé. Pero los dioses ya le han castigado: le han arrebatado la mano que, si no me equivoco, hacía muy poco sostenía la espada…
- Los dioses no han intervenido aquí. –murmuró Venris, sin poder contenerse más-. La mano la habéis cortado vosotros, mis salvajes, y en pago yo he de pediros perdón.
Los susurros recorrieron la concurrida sala. Sin sorprenderse, Venris escuchó cómo, desde el fondo de la estancia, los gritos de odio se alzaban, inmisericordes, pidiendo su muerte.
- Vuestros dioses paganos no están aquí, y los dioses que habéis creado de forma reciente tampoco. –exclamó uno de los ancianos que hasta entonces había estado callado; había alzado con solemnidad la mano para que la sala volviera a sumirse en el silencio-. Sin embargo, sí están aquí los nuestros.
Con suma agilidad se levantó de su taburete, se acercó en dos pasos a Venris y lo agarró del pelo, apartando al anciano Garadix, que hasta entonces había descansado su mano sobre el cabello enmarañado del preso. El viejo levantó al joven del pelo como si fuera un niño pequeño, y entre quejidos de Venris lo arrastró hacia las tallas de madera.
- Besad los pies de Nátalo, dios de todo lo que nace –dijo, furibundo, el anciano, mientras acercaba a Venris, aún sujeto, hacia la primera talla-. Ahora la bella Acresqevi, dadora de las fuerzas divinas que permiten el crecimiento y el fortalecimiento. –lo llevó hasta la siguiente talla; una mujer de tímida sonrisa-. Iuventi, patrón de los niños. Senesqo, que retira las fuerzas que otorga Acresqevi y permite el descanso de los viejos; Vetusta, guardiana de los protegidos y de los desprotegidos; Ignotor, señor de la muerte. –Lo fue llevando de una talla a otra, hasta que al final lo arrojó contra el suelo, soltándolo-.
Venris no dijo nada, y se quejó lo menos posible. La herida de la pierna le ardía constantemente, y la mano que ya no tenía le mortificaba. Resopló, quitándose la tierra que le había entrado en la boca y miró a su alrededor sin decir nada. “La próxima vez no me meteré con los dioses de nadie…”.
- No insultarás a los dioses en mi presencia, amante de las piedras y follador de caballos. –dijo con sumo desprecio el que le había arrastrado de figura en figura; finalmente se sentó en su taburete, airado, y no dijo nada más. Venris atisbó la punta de una picuda y arrugada oreja, que asomaba entre los mechones grises de su pelo-.
“Es el momento”, pensó Venris. “Cualquiera de los presentes se adelantará, y me apuñalará. Si me da tiempo le pediré que sea un corte limpio en la garganta; no hay nada más rápido que eso”. Miró a su alrededor, pero nadie echaba manos a sus armas. Garadix, que había ocupado de nuevo su lugar, se atrevió a hablar.
- Has dicho, joven, antes de que Pontix interviniese, que pedirías perdón. –Lo miró fijamente, sus ojos parecían penetrar en él y hurgar en su cerebro-.
- He de hacerlo. –A duras penas, Venris se puso en pie. Estuvo a punto de tropezar, pero logró erguirse, eso sí, sin apoyar demasiado la pierna herida-. He de pedir vuestro perdón, por las muertes que he provocado. He de pediros perdón por el mal que os he causado…
- ¿Crees que nuestros hijos se levantarán de las cenizas para oír tu perdón, hombre de hierro? –preguntó con sarcasmo Naaros, atusándose la larga trenza que era su barba-. No es nada más que un perdón vacío. Con la estúpida esperanza de que perdonemos tu vida…
- Es un perdón sincero, señor. –se vio obligado a interrumpir Venris. Debía aprovechar aquel momento…-. Me engañaron. Os señalaron como mis enemigos, y yo, ciego de estupidez, os tomé como tales. ¡Pero sólo seguía órdenes! –elevó la voz, ya que la gente de la sala había comenzado a hablar entre ellos-. Es una excusa… pobre, y casi sin fundamento. Sé que no tengo perdón. Matadme, y entregadme a vuestros dioses. Sólo así descansaré por mi falta.
Guardó silencio, y volvió a inclinar la cabeza. Las voces de los presentes, algunas llenas de confusión y otras de ira, afloraron de nuevo como las flores en primavera. Pontix, el que le había cogido del pelo, volvió a levantar la mano. Los salvajes, esta vez con más esfuerzo, volvieron a sumirse en el silencio.
- Primero insultas a mis dioses. Y ahora pides la muerte, como si fuera un regalo. –dijo el anciano, mirando al prisionero de hito en hito-. Aún así, tienes los cojones de hacerlo. Te falta una mano, y no vas a poder empuñar un arma jamás. Eres un tullido, hombre de hierro. Pero un tullido con cojones…
- Pontix… -rezongó Garadix, aunque el otro simplemente lo miró para que se callara. Una vez que lo hizo, volvió a mirar al preso-.
- ¿Quieres morir? Está bien. Vas a morir. –se acercó a su oreja y le susurró-: Te voy a arrancar la cabeza yo mismo, y después se la enviaremos a tus congéneres. ¿Te parece bien?
- No le vas a poner una mano encima, Pontix. Es mío.
Magiomaros se había adelantado levemente, y miraba fijamente a Pontix, con aquella mirada gélida. El hombre que había a su lado, el que llevaba a la espalda el mandoble, miraba a su alrededor desafiante.
- Te agradecemos tus servicios, Magiomaros, pero ahora nos pertenece a nosotros.
- Te equivocas. Yo le perdoné la vida, y sólo yo se la arrebataré. Yo decidiré su destino, y no tú. Es más… te aconsejaría que no le volvieras a poner la mano encima.
Venris miró a Magiomaros, sin poder disimular la sorpresa. “¿Me está defendiendo este cabrón?”, se preguntó a sí mismo mientras lo observaba. Sus ropas eran de cuero, y del cinto le colgaba aquella extraña espada con la que había decapitado al Espada.
- Chico, no te metas. –dijo con voz cansina Naaros, mirando a Magiomaros-. Deja que Pontix haga lo que quiera con él… Compréndelo, los hombres de hierro le han hecho daño. Tiene sed de venganza.
- Si desea vengarse que recurra a sus bienhallados dioses; quizá ellos le reconforten. –Los susurros entre los presentes duraron apenas un segundo, y Garadix se tapó los ojos con una mano, medio avergonzado-. Escuchadme ahora. He dejado que le veáis, y que lo toméis como trofeo. He dejado que le maltratéis y le insultéis, pero nada más. No va a morir, tengo otros planes para él.
Los ancianos se levantaron de sus asientos y se acercaron con rapidez hacia Magiomaros, y comenzaron a hablar airadamente con él. “Os quedaréis con las ganas de tener mi cabeza, viejos de mierda”, pensó Venris con una irónica sonrisa en el rostro. Miró a su alrededor, hacia la muchedumbre aparentemente enfurecida. La mayoría de ellos, siguiendo las órdenes de los arqueros de la sala, se marchaban hacia sus quehaceres diarios, pero otros seguían pidiendo a voces la muerte del malvado hombre de hierro.
Antes de que volviera a fijarse en los ancianos que rodeaban a Magiomaros, los bárbaros que lo habían llevado hasta allí ya lo estaban conduciendo de vuelta a su celda. Al parecer tenían prisa, porque no le permitieron ir a su paso. Cuando se hubo caído dos veces al suelo, lo llevaron en volandas entre tres de ellos; sentía la fiebre subir, y el muñón le ardía con fuerza.
Lo arrojaron contra el suelo de su celda; casi se sintió agradecido por estar allí de nuevo, entre la seguridad que le conferían aquellos muros mohosos. Se movió inquieto, sintiendo la túnica harapienta que se le pegaba al sudado cuerpo. Hacía tres días que llevaba allí prisionero, y ya tenía más mierda en la ropa que fuera de ella.
Antes de que sus simples pensamientos sobre suciedades varias continuaran, Venris miró a su alrededor; no tardó en darse cuenta que no estaba solo.
- Ah, eres tú. –murmuró Venris, viendo cómo Magiomaros salía de entre las sombras. No sabía cómo había llegado allí antes que él, aunque tampoco le importaba demasiado-.
- Déjame ver tu brazo.
Venris supuso que se refería al brazo herido. Extendió la extremidad con precaución, y Magiomaros tomó el muñón entre sus manos. El muchacho, que esperaba unas manos rudas y llenas de callos, se encontró con que eran suaves y de dedos delgados. Venris miró fijamente a Magiomaros antes de hablarle.
- ¿Qué sois? ¿Elfos?
- Silvanos. –Magiomaros soltó con cuidado el muñón, y fijó su mirada en la de Venris. No había odio, sólo frío y vacío-. ¿Cuál es tu nombre?
- Venris.
- La herida que tenías en el brazo era muy fea, Venris, y se infectó. No tenemos medios para combatir una infección de ningún tipo, y tuvimos que cortar para que no perdieras el brazo entero. –En su voz no había compasión, ni ningún otro sentimiento-. Le encargué a mi hija que te cuidara lo mejor posible. Espero que sea así.
- Lo es. –asintió Venris, recordando a la pelirroja de ojos serios. Realmente se parecía a su padre-. ¿Por qué me has ayudado? Deberías haber dejado que me matasen.
- Ningún hombre que pida su muerte merece ser tomado en serio. Ni siquiera cuando ese hombre la merece, y lo sabe. –Magiomaros se dirigió hacia la puerta de la celda, donde esperaba el hombre del mandoble-. Recupera fuerzas, hombre de hierro. Las vas a necesitar para lo que te espera.
El hombre del pelo blanco, con aquella capa confeccionada con hojas ondeando a su espalda, salió de la celda, y su acompañante cerró la puerta de la celda, con una sonrisa en el rostro. Venris se apoyó en una pared, y miró hacia el único ventanuco, aquel que ya conocía tan bien. “Tendré que dejar de comer; cuando adelgace seguro que podré escapar por ahí”, pensó tan irónicamente que no pudo evitar un bostezo.
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Su escolta estaba compuesta por cuatro hombres ataviados con cuero, armados con picas. Ninguno llevaba ninguna espada, y desde que lo habían sacado de su celda había visto muy poco acero. La muchacha que lo cuidaba, Carry, también lo acompañaba. Hacía ya dos días desde que la chica consintió en darle su nombre, pero no había arrancado ni una palabra más de sus labios; no en su idioma. Carry a veces canturreaba en voz baja; eran canciones suaves, y parecían hablar de multitud de cosas. Aunque él no entendía nada.
Lo condujeron por aquella gran aldea, mientras todo el mundo se giraba y se le quedaba mirando, como si fuera un mono de feria. Venris apenas podía alzar la mirada del suelo: ¿cuántas viudas lo mirarían; cuántas madres buscarían en su mirada el rastro de sus asesinados hijos? Le hubiera gustado gritarles a todos que él no sabía nada; que fue tan iluso como para pensar que aquel pueblo se alimentaba de los arbustos y dormía bajo las rocas. “Qué fácil me engañaron”.
A su memoria acudió la última vez en su vida que estuvo en una mazmorra. El agujero inmundo se encontraba a cientos de kilómetros de allí, pero lo habían encerrado por algo muy diferente. “Robar y desvalijar a gordos nobles no tiene comparación con el asesinato”. Recordó las opciones que le presentaron: la muerte en la horca, o su servicio en el ejército. Deseó con todas sus fuerzas haber elegido la primera opción, ya que así no tendría que cargar en su espalda con la muerte de inocentes.
Ante ellos comenzó a alzarse un gran edificio de piedra, que desentonaba con las maltrechas cabañas de madera de su alrededor. La fachada empedrada tenía dos ventanas redondas y, bajo ellas, un portalón enorme y curvado. Casi parecía el rostro de un gigante; los bárbaros no tardaron en empujarle hacia las fauces del enorme edificio.
Allí sólo había una gran sala, con grandes y cuadradas columnas simples a ambos lados. Entre estas, la multitud se agolpaban unos contra otros, mientras que un círculo de ancianos decrépitos estaba sentado en el centro de la sala. Mientras lo conducían hasta ellos, Venris atisbó por el rabillo del ojo varios hombres armados, en su mayoría arqueros, aunque alguno de ellos portaba un puñal. Al fondo de la estancia se erguían seis enormes figuras de madera: tres hombres y tres mujeres. El muchacho no pudo evitar fijar la mirada en ellos, y mientras arrastraba los pies hacia allí Carry le susurró al oído: “Arrodíllate al llegar”.
Cuatro ancianos lo esperaban sentados en corro delante de las grandes tallas. A sus lados, cuatro arqueros ataviados con largas cotas de malla observaban a los presentes, en especial a Venris; en un lado, algo apartado de los demás, se encontraba el hombre del pelo blanco: el asesino de Oxendolf. Su mirada, igual de fría que en el bosque, estaba fija en él, aunque hablaba en voz baja con un hombretón de gran melena, en cuya espalda colgaba un mandoble de plateada empuñadura.
“Mi mandoble… Hijo de puta”. Venris frunció los labios, y se tragó todos y cada uno de los insultos que se le ocurrieron. Un pinchazo en el muñón le hizo volver a la realidad; cuando llegó ante los ancianos la sala quedó en silencio, y él hincó la rodilla sana en el suelo arenoso. Agachó la mirada, y esperó.
Alguien tosió en la concurrida sala. Un niño pequeño lloraba, y su madre luchaba por hacerle entrar en silencio. Al final, no tuvo más remedio que salir de la sala, llevando consigo a su ruidoso hijo. Venris hizo acopio de valor y levantó levemente la cabeza, para poder mirar a los cuatro ancianos.
Eran muy mayores, seguramente rondarían los cien años. La piel de la cara era un amasijo de arrugas y manchas de la edad; sus largas barbas blancas trenzadas llegaban hasta el suelo, y sus ojos eran de un color gris lechoso y pálido. Sin embargo, aquellos ojos tenían fuerza, y no parecían tener la misma edad que el resto del cuerpo. Venris no habría podido diferenciar a los ancianos si se los hubieran presentado por separado, vestidos con aquellas largas túnicas entretejidas con hojas de los árboles.
- Debiste matarlo en el bosque, Magiomaros. Es un hombre de hierro… -dijo con voz potente el anciano situado más a la izquierda-.
- Acabé con la vida de su líder. Es lo importante. –le contestó el asesino de Oxendolf, Magiomaros, sin apartar la vista del preso-.
- No le reproches más, Naaros. –El anciano que había hablado suspiró, y apoyó una mano, que más bien parecía una garra, sobre el hombro de su compañero. Con gran esfuerzo se puso en pie, y se acercó a Venris, que volvió a agachar la cabeza en silencio-. Los dioses ya han sido testigos de demasiada muerte…
- No puedes negar que es un asesino, Garadix. –se empeñó el tal Naaros-. Y, ahora que camina entre nosotros merece la muerte.
- Tienes razón, Naaros… -apoyó una mano con suavidad sobre la cabeza de Venris- pero es apenas un muchacho. Ha matado, lo sé. Pero los dioses ya le han castigado: le han arrebatado la mano que, si no me equivoco, hacía muy poco sostenía la espada…
- Los dioses no han intervenido aquí. –murmuró Venris, sin poder contenerse más-. La mano la habéis cortado vosotros, mis salvajes, y en pago yo he de pediros perdón.
Los susurros recorrieron la concurrida sala. Sin sorprenderse, Venris escuchó cómo, desde el fondo de la estancia, los gritos de odio se alzaban, inmisericordes, pidiendo su muerte.
- Vuestros dioses paganos no están aquí, y los dioses que habéis creado de forma reciente tampoco. –exclamó uno de los ancianos que hasta entonces había estado callado; había alzado con solemnidad la mano para que la sala volviera a sumirse en el silencio-. Sin embargo, sí están aquí los nuestros.
Con suma agilidad se levantó de su taburete, se acercó en dos pasos a Venris y lo agarró del pelo, apartando al anciano Garadix, que hasta entonces había descansado su mano sobre el cabello enmarañado del preso. El viejo levantó al joven del pelo como si fuera un niño pequeño, y entre quejidos de Venris lo arrastró hacia las tallas de madera.
- Besad los pies de Nátalo, dios de todo lo que nace –dijo, furibundo, el anciano, mientras acercaba a Venris, aún sujeto, hacia la primera talla-. Ahora la bella Acresqevi, dadora de las fuerzas divinas que permiten el crecimiento y el fortalecimiento. –lo llevó hasta la siguiente talla; una mujer de tímida sonrisa-. Iuventi, patrón de los niños. Senesqo, que retira las fuerzas que otorga Acresqevi y permite el descanso de los viejos; Vetusta, guardiana de los protegidos y de los desprotegidos; Ignotor, señor de la muerte. –Lo fue llevando de una talla a otra, hasta que al final lo arrojó contra el suelo, soltándolo-.
Venris no dijo nada, y se quejó lo menos posible. La herida de la pierna le ardía constantemente, y la mano que ya no tenía le mortificaba. Resopló, quitándose la tierra que le había entrado en la boca y miró a su alrededor sin decir nada. “La próxima vez no me meteré con los dioses de nadie…”.
- No insultarás a los dioses en mi presencia, amante de las piedras y follador de caballos. –dijo con sumo desprecio el que le había arrastrado de figura en figura; finalmente se sentó en su taburete, airado, y no dijo nada más. Venris atisbó la punta de una picuda y arrugada oreja, que asomaba entre los mechones grises de su pelo-.
“Es el momento”, pensó Venris. “Cualquiera de los presentes se adelantará, y me apuñalará. Si me da tiempo le pediré que sea un corte limpio en la garganta; no hay nada más rápido que eso”. Miró a su alrededor, pero nadie echaba manos a sus armas. Garadix, que había ocupado de nuevo su lugar, se atrevió a hablar.
- Has dicho, joven, antes de que Pontix interviniese, que pedirías perdón. –Lo miró fijamente, sus ojos parecían penetrar en él y hurgar en su cerebro-.
- He de hacerlo. –A duras penas, Venris se puso en pie. Estuvo a punto de tropezar, pero logró erguirse, eso sí, sin apoyar demasiado la pierna herida-. He de pedir vuestro perdón, por las muertes que he provocado. He de pediros perdón por el mal que os he causado…
- ¿Crees que nuestros hijos se levantarán de las cenizas para oír tu perdón, hombre de hierro? –preguntó con sarcasmo Naaros, atusándose la larga trenza que era su barba-. No es nada más que un perdón vacío. Con la estúpida esperanza de que perdonemos tu vida…
- Es un perdón sincero, señor. –se vio obligado a interrumpir Venris. Debía aprovechar aquel momento…-. Me engañaron. Os señalaron como mis enemigos, y yo, ciego de estupidez, os tomé como tales. ¡Pero sólo seguía órdenes! –elevó la voz, ya que la gente de la sala había comenzado a hablar entre ellos-. Es una excusa… pobre, y casi sin fundamento. Sé que no tengo perdón. Matadme, y entregadme a vuestros dioses. Sólo así descansaré por mi falta.
Guardó silencio, y volvió a inclinar la cabeza. Las voces de los presentes, algunas llenas de confusión y otras de ira, afloraron de nuevo como las flores en primavera. Pontix, el que le había cogido del pelo, volvió a levantar la mano. Los salvajes, esta vez con más esfuerzo, volvieron a sumirse en el silencio.
- Primero insultas a mis dioses. Y ahora pides la muerte, como si fuera un regalo. –dijo el anciano, mirando al prisionero de hito en hito-. Aún así, tienes los cojones de hacerlo. Te falta una mano, y no vas a poder empuñar un arma jamás. Eres un tullido, hombre de hierro. Pero un tullido con cojones…
- Pontix… -rezongó Garadix, aunque el otro simplemente lo miró para que se callara. Una vez que lo hizo, volvió a mirar al preso-.
- ¿Quieres morir? Está bien. Vas a morir. –se acercó a su oreja y le susurró-: Te voy a arrancar la cabeza yo mismo, y después se la enviaremos a tus congéneres. ¿Te parece bien?
- No le vas a poner una mano encima, Pontix. Es mío.
Magiomaros se había adelantado levemente, y miraba fijamente a Pontix, con aquella mirada gélida. El hombre que había a su lado, el que llevaba a la espalda el mandoble, miraba a su alrededor desafiante.
- Te agradecemos tus servicios, Magiomaros, pero ahora nos pertenece a nosotros.
- Te equivocas. Yo le perdoné la vida, y sólo yo se la arrebataré. Yo decidiré su destino, y no tú. Es más… te aconsejaría que no le volvieras a poner la mano encima.
Venris miró a Magiomaros, sin poder disimular la sorpresa. “¿Me está defendiendo este cabrón?”, se preguntó a sí mismo mientras lo observaba. Sus ropas eran de cuero, y del cinto le colgaba aquella extraña espada con la que había decapitado al Espada.
- Chico, no te metas. –dijo con voz cansina Naaros, mirando a Magiomaros-. Deja que Pontix haga lo que quiera con él… Compréndelo, los hombres de hierro le han hecho daño. Tiene sed de venganza.
- Si desea vengarse que recurra a sus bienhallados dioses; quizá ellos le reconforten. –Los susurros entre los presentes duraron apenas un segundo, y Garadix se tapó los ojos con una mano, medio avergonzado-. Escuchadme ahora. He dejado que le veáis, y que lo toméis como trofeo. He dejado que le maltratéis y le insultéis, pero nada más. No va a morir, tengo otros planes para él.
Los ancianos se levantaron de sus asientos y se acercaron con rapidez hacia Magiomaros, y comenzaron a hablar airadamente con él. “Os quedaréis con las ganas de tener mi cabeza, viejos de mierda”, pensó Venris con una irónica sonrisa en el rostro. Miró a su alrededor, hacia la muchedumbre aparentemente enfurecida. La mayoría de ellos, siguiendo las órdenes de los arqueros de la sala, se marchaban hacia sus quehaceres diarios, pero otros seguían pidiendo a voces la muerte del malvado hombre de hierro.
Antes de que volviera a fijarse en los ancianos que rodeaban a Magiomaros, los bárbaros que lo habían llevado hasta allí ya lo estaban conduciendo de vuelta a su celda. Al parecer tenían prisa, porque no le permitieron ir a su paso. Cuando se hubo caído dos veces al suelo, lo llevaron en volandas entre tres de ellos; sentía la fiebre subir, y el muñón le ardía con fuerza.
Lo arrojaron contra el suelo de su celda; casi se sintió agradecido por estar allí de nuevo, entre la seguridad que le conferían aquellos muros mohosos. Se movió inquieto, sintiendo la túnica harapienta que se le pegaba al sudado cuerpo. Hacía tres días que llevaba allí prisionero, y ya tenía más mierda en la ropa que fuera de ella.
Antes de que sus simples pensamientos sobre suciedades varias continuaran, Venris miró a su alrededor; no tardó en darse cuenta que no estaba solo.
- Ah, eres tú. –murmuró Venris, viendo cómo Magiomaros salía de entre las sombras. No sabía cómo había llegado allí antes que él, aunque tampoco le importaba demasiado-.
- Déjame ver tu brazo.
Venris supuso que se refería al brazo herido. Extendió la extremidad con precaución, y Magiomaros tomó el muñón entre sus manos. El muchacho, que esperaba unas manos rudas y llenas de callos, se encontró con que eran suaves y de dedos delgados. Venris miró fijamente a Magiomaros antes de hablarle.
- ¿Qué sois? ¿Elfos?
- Silvanos. –Magiomaros soltó con cuidado el muñón, y fijó su mirada en la de Venris. No había odio, sólo frío y vacío-. ¿Cuál es tu nombre?
- Venris.
- La herida que tenías en el brazo era muy fea, Venris, y se infectó. No tenemos medios para combatir una infección de ningún tipo, y tuvimos que cortar para que no perdieras el brazo entero. –En su voz no había compasión, ni ningún otro sentimiento-. Le encargué a mi hija que te cuidara lo mejor posible. Espero que sea así.
- Lo es. –asintió Venris, recordando a la pelirroja de ojos serios. Realmente se parecía a su padre-. ¿Por qué me has ayudado? Deberías haber dejado que me matasen.
- Ningún hombre que pida su muerte merece ser tomado en serio. Ni siquiera cuando ese hombre la merece, y lo sabe. –Magiomaros se dirigió hacia la puerta de la celda, donde esperaba el hombre del mandoble-. Recupera fuerzas, hombre de hierro. Las vas a necesitar para lo que te espera.
El hombre del pelo blanco, con aquella capa confeccionada con hojas ondeando a su espalda, salió de la celda, y su acompañante cerró la puerta de la celda, con una sonrisa en el rostro. Venris se apoyó en una pared, y miró hacia el único ventanuco, aquel que ya conocía tan bien. “Tendré que dejar de comer; cuando adelgace seguro que podré escapar por ahí”, pensó tan irónicamente que no pudo evitar un bostezo.
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